Docentes y pandemia: cómo impacta la educación virtual en su bienestar

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Los docentes, desde clases remotas, piensan en soluciones para sus estudiantes, los primeros días, atestiguan haberse sentido como barcos a la deriva que fueron en busca de soluciones y alternativas, sin tener claro el horizonte.

A más de dos meses de ello, siguen pensando y planificando para sus estudiantes, los que pueden conectarse a la red y los que no, luchando así contra las limitaciones de las plataformas y los recursos tecnológicos e intentando que el distanciamiento con sus educandos sea físico y no afectivo.  

Grupos de WhatsApp con estudiantes, uno por cada curso en los que se de clases, grupos con los profesores y en los que también están los directores, coordinadores y demás miembros de la comunidad educativa.

Todo y todos desde la virtualidad, haciendo lugar a una práctica hasta el momento inédita y que contribuye a un caos organizacional en la vida individual de muchos docentes que, además, deben hacerse cargo de las tareas de sus hijos, de las rutinas diarias de sus hogares y de alguna persona mayor que tienen a su cuidado en el grupo familiar o de algún miembro de la familia con determinado problema.

Contrario al prejuicio que suele invadirnos, sin clases presenciales se multiplicó el trabajo docente y se expandió hacia metodologías hasta entonces desconocidas; si antes resultaba complejo planificar para la heterogeneidad de un curso, ahora resulta más complicado con la incorporación tecnológica y la determinación de un formato que llegue a todos.

Estas sensaciones son sólo algunas de las que suelen oírse y van causando un nivel de tensión en aumento que se suma a la exigencia por sostener un nivel educativo razonable. Quizás en un tiempo, digamos que fuimos protagonistas de la reinvención del sistema educativo y podamos atestiguar también sus costos e implicancias.

Revalorizando el aula y sus rutinas

En toda la extensión del sistema educativo, en sus diferentes niveles, áreas y dependencias, se perciben y manifiestan estas sensaciones. La articulación entre los distintos niveles está más presente que nunca: el disgusto, la insatisfacción y la búsqueda de respuestas, en una coyuntura sumamente compleja, atraviesa a todas a las instituciones educativas.

Consultada por esta revista, Daniela Ferreyra Mars, maestra de primer grado en la escuela República de Bolivia, relata cómo vivió y vive estos tiempos: “(…) mis constantes pensamientos eran como no tener más tiempo para estar con mis hijas, mi marido, en casa, preparar tal o cual receta o simplemente ordenar espacios de mi hogar que los tenía olvidados. Me veía todo el día corriendo de la casa al trabajo, los horarios de mis hijas, llegaba la noche y estaba totalmente agotada, pero de pronto, y de un día para otro, mi realidad cambio: me vi aislada, encerrada, con mucha incertidumbre y muchos cuidados (…) y todo lo que había proyectado a nivel familiar, laboral, se veía afectado (…). Me encontré tratando de superar desafíos, conflictos internos, angustias”.

Entre las tareas del hogar, la escuela y sus nuevas demandas, el aislamiento, el estar en casa, no fue ni resulta ser el ámbito más propicio para desarrollar la tarea docente. “(…) Nuevas formas de trabajo fomentaban día a día mis incertidumbres, no saber qué iba a pasar, ver que mi trabajo aumentaba, los sentimientos que me transcurrían y debía manejarlos (…), trataba de establecer rutinas, horarios, prioridades, para que el trabajo no absorbiera mis tiempos (…)”, cuenta y afirma Daniela: “todo se mezcló y mis espacios se convirtieron en aulas virtuales (…)”.

El desafío es adaptarse a estos cambios y “seguir avanzando en esta profesión que hoy se ve colapsada (…)”, dice Ferreyra y cuenta que, frente a estas situaciones y demandas, “(…) paso de la risa a la angustia de tener que seguir con la rutina virtual y no saber cómo, emocionada al ver la carita de mis estudiantes y en situaciones que jamás pensé vivirlas (…), nuevas formas de trabajo y diferentes modalidades virtuales para las que no estaba preparada”.

Cambios que modificaron rutinas y que quizás, con el tiempo, puedan producir alguna ruptura o algún aggiornamiento con las prácticas cotidianas de trabajo que se venían teniendo; mientras hoy ocasionan a muchos educadores preguntarse “cuándo voy a volver a esa rutina de la que me quejaba, sobre la que alguna vez me preguntaba cuando voy a parar y hoy la necesito; necesito volver a mis ambientes cotidianos, a mi trabajo, a ver a mis estudiantes. Anhelo los recreos, los sonidos y sobretodo la construcción del vínculo, de esos vínculos que solamente se dan en el aula y que hoy lo estamos haciendo de manera virtual y solamente voy a saber si es positivo luego que termine todo esto (…)”.

Hemos perdido temporariamente la presencialidad y el paso del tiempo nos hará saber si de esta experiencia se resignificarán algunas de estas nuevas prácticas. “Hay una lucha conmigo misma para acostumbrarme a esta nueva forma de trabajo, una forma fría, a distancia, sin poder ver qué pasa con cada contenido, con cada aprendizaje, qué les pasa a ellos… se perdió ese clima escolar… amo la docencia pero la docencia en la escuela y con los estudiantes en mi aula (…)”, respondió Daniela y aseveró: “tengo claro que las consecuencias serán múltiples, pero no es el momento ahora de pensar en ello, debo enfocarme en el hoy y en el trabajar día a día para que mis estudiantes puedan lograr los objetivos que me planteé para ellos (…)”.

Cambió la organización y el tiempo laboral

En el Nivel Medio la situación no difiere, la realidad golpea de igual manera y las expresiones de los docentes denotan iguales significados.

Silvina Salort, profesora de Historia y Geografía en el IPEM 147 y en el 49, se retrotrae al comienzo de la cuarentena y su impuesta modalidad escolar. Explica: “iniciamos un camino de incertidumbre frente a una nueva forma de adaptar las escuelas a una modalidad virtual. Situación que nos generó mucha ansiedad, comenzamos a replantearnos las prácticas hasta el momento, y a cuestionarnos cuál sería la mejor forma de continuar con el proceso de enseñanza-aprendizaje en aulas heterogéneas y ante la realidad de cada estudiante, sabiendo con que no todos cuentan con equipos tecnológicos, no todos tienen conectividad a Internet, ni tampoco manejan herramientas tecnológicas (…)”. Rápidamente hubo que adaptarse a la situación e iniciar un proceso de trabajo que garantizara a los jóvenes la posibilidad de continuar mediante la virtualidad el cursado de sus estudios.

“La escuela siempre fue y va a ser el lugar donde se generan vínculos profundos, el docente en el aula transmite con la palabra, los gestos, enseña, motiva e incentiva a la reflexión sobre temas que se abordan desde los espacios curriculares y también sobre la actualidad del contexto. Esto cambia en la enseñanza virtual, se extraña ver los rostros expresando “entendí”, “no entiendo” o “podría ser así”, esa relación cara a cara donde se advierte el aprendizaje, el entusiasmo, y las preocupaciones cotidianas”.

Bajo esta mirada, entendiendo que la virtualidad aleja respecto de la cercanía del aula y enfría relaciones, es que a Salort le “preocupa esa distancia física que le permite detectar situaciones que alteran la vida de los estudiantes, a esta altura del ciclo ya conocía a mis estudiantes por nombre o apellido, hoy no, y me genera frustración tener que preguntarles a que curso van o quien es, al no reconocer su correo electrónico”.

Las formas de organizar el trabajo y desarrollarlo también se vieron modificadas en los horarios, hubo que reformular espacios y también tiempos. “En un principio para los docentes se forjó una situación de estrés, generado por el cambio de la organización laboral, los estudiantes al iniciar la resolución de sus actividades realizan consultas y las envían en cualquier horario y momento del día, fines de semanas, feriados, prefieren trabajar después del mediodía, a la noche y de madrugada”, reseña la docente y explica: “(…) los adolescentes imponían sus horarios, cuestión que debimos resolver, por una buena salud mental. Los momentos productivos, de concentración y tiempos no son los mismos a los que teníamos organizada nuestra actividad laboral. Dejamos de diferenciar espacio y tiempo laboral con la cotidianeidad de nuestros hogares”.

La evaluación fue otro tema preocupante, ¿se evalúa?, ¿cómo se califica si es que se lo hace?, ¿cuándo y cómo se regresa a las aulas?, fueron y siguen siendo tópicos que generan gran preocupación.

“Las instituciones donde me desempeño como docente están incluidas en el Nuevo Régimen Académico. Se evalúan trabajos con rúbricas, elaboradas según criterios por Departamento, y se tienen en cuenta las trayectorias escolares de los estudiantes. Los contenidos prioritarios se trabajan en la virtualidad y los que no se alcanzan, a través de la retroalimentación comprensible y propositiva se tratan de recuperar en forma virtual. Los que no se retomaran cuando volvamos a las aulas. Otra gran incógnita que se nos plantea es ¿cómo volveremos? y como estábamos trabajando será imposible por las dimensiones del espacio físico y la cantidad de estudiantes por curso”.

Hoy se puede pensar ya desde una cierta asimilación de la situación, de una práctica que fue impuesta y que pareciera comienza a naturalizarse, aunque no priorizarse o aceptarse. “En un principio el sistema educativo sobrecargó a docentes, estudiantes y padres con el volumen de actividades que había que preparar, enviábamos trabajos extensos, generando mayor preocupación e incertidumbre en los hogares, donde a veces no existe un adulto que pueda hacerse cargo de explicaciones que se necesiten, con el transcurso percibimos la situación y preparamos trabajos con la lógica de la virtualidad y los alumnos en casa.

¿Qué pasa con la inclusión?

Otros actores educativos tomaron también una fuerte relevancia en ese acompañamiento a los estudiantes. El IPEM Nº 147 cuenta además con otra particularidad, además de la ya mencionada inclusión al Nuevo Régimen Académico. Unos 41 estudiantes con inclusión escolar recorren sus aulas, cuestión que probablemente requiera de un mayor esfuerzo y exigencia.

Por tal motivo esta revista se contactó con Gisela Cerutti, psicopedagoga de la institución, encargada de realizar el seguimiento de estos estudiantes. “(…) Desde el confinamiento el quehacer desde mi rol y de manera conjunta con todo el personal de la institución, fue acordar estrategias y herramientas que permitan a los estudiantes seguir aprendiendo en casa desde la virtualidad, utilizando como herramienta principal el classroom institucional, comunicación vía WhatsApp, llamadas, Facebook, entre otros, es decir cambió el encuadre de trabajo donde la disposición horaria se flexibiliza cada vez más, ya que se reciben consultas, dudas de estudiantes, de las familias, profesionales externos en cualquier momento del día, lo cual implica que uno esté siempre respondiendo a las inquietudes que se presentan”.

En este nuevo escenario los cambios son muchos, requieren adaptación y un mayor tiempo de entrega, un acompañamiento a los estudiantes y sus necesidades. “Como psicopedagoga estoy en comunicación permanente con docentes integradoras de estudiantes en proceso de inclusión escolar, a fin de abordar las situaciones que se presenten, mantengo comunicación con familias y estudiantes y realizo seguimientos y acompañamientos necesarios, explicó Cerutti. Todo este trabajo se hace de manera coordinada y requiere de la participación de otros actores: “preceptores, coordinadoras de cursos, equipo de gestión y docentes a fin de acompañar las trayectorias escolares de los estudiantes y atender en la medida de nuestras posibilidades sus demandas en esta etapa de aislamiento social, preventivo y obligatorio”.

Ante esta coyuntura actual adaptarse rápidamente a los cambios resultó necesario, además de “modificar hábitos, ya que en casa uno debe realizar las tareas del hogar y atender a nuestra familia, lo que implica también las actividades escolares de nuestros hijos y mi trabajo de la escuela; todo en un mismo espacio y al mismo tiempo. Si bien uno se va organizando con las diferentes actividades, por momentos es necesario responder al instante a las demandas del trabajo, priorizando lo más urgente  y continuar en otro momento con lo que puede haber quedado pendiente. De todos modos uno siempre trata de responder a la demanda en el momento que se presentan y el teléfono personal está disponible las veinticuatro horas del día”.

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