El tiempo que nos deja el aislamiento

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Escribe: Mónica Haefeli (Acompañante en Bioneuroemoción®. Licenciada en Comunicación Social -UNC-)

¿Qué pasaría si a esta pandemia que trae de la mano el aislamiento la viéramos desde otro lugar? ¿Si la viéramos como una oportunidad que nos está ofreciendo tiempo?

Es una invitación a estar disponibles para mirar aquella lista de pendientes, esas cosas que íbamos a hacer cuando tengamos tiempo.

Ahora tenemos tiempo. Siempre lo tuvimos solo que lo ocupábamos, lo usábamos, lo gastábamos. Tiempo siempre tenemos, ahora es tan cruelmente real que no tenemos excusas.

¿Cómo impacta este aislamiento en nuestra vida? y más concretamente: ¿Qué significa para los niños, adolescentes y jóvenes el cierre de las escuelas, tener vedado su espacio social y de socialización?

Esta crisis impacta a todos, pero no a todos por igual. Algunos chicos van a la escuela a aprender, otros van a aprender y a comer; otros consiguen en el aula el único momento de paz que pueden encontrar en el día, protegidos tal vez de realidades realmente crudas.

No todos los alumnos tienen las mismas condiciones para hacer sus deberes, depende del nivel educativo en el que estén, depende de la conectividad a la que tengan acceso, si en sus casas tienen o no un lugar para concentrarse y estudiar.

Creer que los chicos en general se ponen contentos por no ir a la escuela es una fantasía. A los chicos tal vez no les guste levantarse temprano, salir corriendo cada mañana de sus casas, y coincido en que disfruten de tener un fin de semana largo. Pero privarlos de sus rutinas, sus referencias y sus contactos es otra cosa, y esto no creo que los ponga tan contentos

Esta crisis sanitaria ha roto las rutinas de los alumnos, sus coordenadas, sus puntos de encuentro.

La temple del docente

También ha puesto a prueba el temple de los docentes que sobrellevan una enorme sobrecarga de trabajo ya que además de ser competentes en su disciplina deben ser idóneos en informática, plataformas virtuales, clases a distancia y cuadernillos.

En tiempo record han tenido que familiarizarse con un mundo virtual y muchos docentes se han respaldado en las competencias informáticas de sus hijos adolescentes para poder cumplir con estas tareas.

El aislamiento afecta sobre todo las rutinas domésticas, padres haciendo teletrabajo y acompañando a sus hijos en esta experiencia de educación a distancia.

Es decir, nos encontramos con un combo bastante disperso y aquí es donde las personas deben resolver con las herramientas que tienen.

Trabajar bajo presión, con consignas y desafíos en constante cambio, que requieren el aprendizaje y dominio de nuevas herramientas para enfrentarlos, y cuyas soluciones muchas veces llegan tarde, porque el problema se ha modificado genera cansancio.

Cuando una persona ya sea alumno, docente o padre, está bajo presión no puede ser objetiva ni productiva.

Ante tanta actividad mental el cerebro colapsa. El cansancio físico y mental, el estrés emocional hace que no seamos objetivos. Cuando las emociones nos desbordan, nuestros pensamientos se detienen. Somos incapaces de pensar lo que es mejor para nosotros.

El estrés acumulado busca expresarse y lo hace a través de enfermedades, trastornos de comportamiento o conductas desordenadas en las relaciones interpersonales.

Gestión del estrés

Al asfixiar nuestras emociones, estas pasan al inconsciente y quedan guardadas “programadas”, prestas a desencadenarse en otra ocasión.

Solo una pequeña parte de la estructura cerebral se ocupa del consciente aprendido. La consciencia ocupa entre un 3 y 5% de toda la actividad cerebral. El inconsciente es un nivel donde grabamos todo, guardamos todo lo que nos pasa y su contexto, ruidos, olores, sabores, colores; esta información representa un 95-97% de la actividad cerebral.

Cuando se vive una situación de alta exigencia emocional, el inconsciente lo graba todo y nunca lo olvida. Queda una huella en nuestro inconsciente.

La prioridad del inconsciente es protegernos de cualquier peligro.

Nos encontramos en esta situación de pandemia, de aislamiento y ciertos mensajes activan información que hemos guardado en el inconsciente.

Nos piden que nos quedemos en casa: posibilidad de contagio, carencia, desabastecimiento, marginación, necesidad de pertenecer o de identificarse con un grupo; esta información está en nuestro inconsciente y pude sentirse provocada.

Nos piden que nos quedemos en casa. Y solo escuchar esta recomendación puede activar información inconsciente o pasiva que cada uno tiene.

Fobia, obsesión y marginación son tres síntomas que tomo como ejemplo.

Si una persona tiene una semilla de claustrofobia y le dicen que no puede salir, se le dispara un cúmulo de información inconsciente capaz de activar un ataque de pánico.

El aislamiento también puede agravar el sentimiento de marginación, esa necesidad de pertenecer a un grupo, de identificarse con el otro.

¿Cómo sabemos si estamos tocando una información que duerme en nuestro inconsciente? Una pista es cuando reaccionamos de una forma exagerada frente a un hecho que para otras personas es neutro.

Creencias limitantes

Este aislamiento también pone en jaque nuestro sistema de creencias. Las creencias son una suerte de filtro que utilizamos para percibir y apropiarnos de la realidad. Las creencias son verdades instaladas por repetición o generalización. No se basan en un sistema de ideas lógico. Las creencias son como raíces introducidas en nuestra infancia.

Ejemplos de creencias: el dinero no es importante, los ricos no van al cielo, de algo hay que morirse, si cometo errores está mal, si me equivoco la gente se va a reír de mí. Creencias solo creencias así de inocentes y así de crueles cuando actúan como filtro de nuestras conductas y decisiones.

La vida va a ser distinta y necesitamos ciudadanos distintos.

La pandemia nos está dando tiempo, para conectarnos con lo que nos pasa.

Esta pandemia nos está invitando a ser valientes.

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