“Estrategias e instrumentos de evaluación del aprendizaje y autoevaluación institucional”

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Escribe: Jorge Omar Audagna* (Inspector de Nivel Medio, Especial y Superior, Dirección General de Institutos Privados de Enseñanza, Zona 6, Villa María). 

Una de las tareas más complejas que deben realizar los docentes es evaluar los aprendizajes, por el proceso que implica como por las consecuencias de emitir juicios acerca de los conocimientos y logros de los estudiantes. Solo es posible si se hacen visibles las formas de enseñar y de aprender, las emociones y valores implicados, las consecuencias de la inclusión y la exclusión; además, la confianza de “creer” en la capacidad de aprender de todos y cada uno de los alumnos. Lo mismo refiere a los docentes, quienes con los procesos de evaluación tienen la oportunidad de mejorar la enseñanza y adecuarla a las necesidades de aprendizaje de sus alumnos; convirtiéndose así, en una herramienta y modo de intervención para la propia práctica.

Por lo expuesto y cuando afirmamos que evaluar implica también aprender, estamos reconociendo que en el proceso existen acciones de heteroevaluación, coevaluación y autoevaluación. La primera involucra las herramientas y técnicas utilizadas por el docente en un proceso de enseñanza-aprendizaje; para obtener evidencias del desempeño individual y grupal de los alumnos y del mismo educador.  La coevaluación consiste en la evaluación del desempeño de un alumno, a través de la observación y determinaciones de sus compañeros de estudio, resultando una retroalimentación innovadora porque propone que sean ellos mismos los partícipes y evaluadores de su aprendizaje. Y, la autoevaluación se produce cuando evalúan las propias actuaciones, reflexionando y tomando conciencia acerca de los propios aprendizajes y de los factores que en ellos intervienen. Esto genera que el alumno aprenda a valorar su desempeño, con responsabilidad. Por otro lado, y refiriéndonos a la autoevaluación institucional, con la participación de directivos, docentes y alumnos, se brinda la posibilidad de que realicen un diagnóstico sobre sus fortalezas, debilidades y desafíos; y, a partir de ahí, armar un proyecto de fortalecimiento institucional en el que se identifiquen los problemas que son prioritarios, desarrollando propuestas a corto, mediano o largo plazo

Además de lo ya mencionado, el docente debe reconocer las clases de evaluación y los momentos en que deben implementarse. La diagnóstica o inicial, es decir, la determinación del nivel previo de capacidades y “dificultades” que el alumno tiene que poseer para iniciar un proceso de aprendizaje; por lo que es conveniente estar en situación continua de diagnosis. La formativa o de procesos, es la retroalimentación del alumno y del profesor durante el proceso de enseñanza aprendizaje, coincidente con identificación de los problemas más comunes para solucionarlos mediante actividades y organizar la recuperación. Por ello, en la planificación de aula el docente selecciona diferentes aprendizajes esperados, debe evaluarlos por medio de la técnica o el instrumento adecuado; de esta manera, permitirá valorar el proceso de aprendizaje y traducirlo en nivel de desempeño y/o referencia numérica cuando se requiera. Y, por último, una evaluación sumativa o final para certificar que una etapa determinada del proceso, se ha culminado o la que se realiza en caso de tener que tomar decisiones entre varias personas (puestos limitados, oposiciones, etc.). En este sentido y en el contexto del enfoque formativo, se requiere recolectar, sistematizar y analizar la información obtenida de diversas fuentes, con el fin de mejorar el aprendizaje de los estudiantes y la intervención docente.

Por consiguiente y siendo el aprendizaje el propósito general de la educación, la información sobre el desempeño de los alumnos debería obtenerse de distintas fuentes, y no solo de las “pruebas escritas” como aún acontece en algunos niveles y centros educativos. En este sentido, es de gran valor lo expresado por Melina Furman, pues “nos permite comprender que pensar la evaluación es pensar la enseñanza y el aprendizaje”. Asimismo, el Capítulo 2 “Las buenas preguntas” de Anijovich y Mora (2010), sugiere ahondar en la temática y mostrarnos algunos de los instrumentos que conducen a un aprendizaje de calidad que implique “poder realizar una comprensión profunda, pudiendo realizar anticipaciones y reflexiones sobre el propio proceso de aprendizaje”. Por ello, un uso inadecuado de cualquier instrumento evaluativo tendrá efectos negativos y contrarios a lo deseado como mejora de la educación; siendo imprescindible reconocer que las Estrategias de evaluación incluyen el conjunto de métodos, técnicas y recursos que utiliza el docente para valorar el aprendizaje del estudiante. Los métodos son los procesos que orientan el diseño y aplicación de dichas estrategias; las técnicas, las actividades específicas que llevan a cabo los alumnos cuando aprenden. Y los recursos, los instrumentos o herramientas que permiten, a docentes como a alumnos, tener información específica acerca del proceso de aprendizaje. Aquí, la utilización de rúbricas resulta de gran eficacia.

En este punto, vale comentar que durante una visita realizada entre octubre y noviembre de 2017 al condado de Fairfax (FCPS), Virginia (Fx), en compañía de un grupo de Supervisores argentinos, se pudo constatar que en lo referente a Evaluación y Autoevaluación los equipos directivos de sus escuelas públicas norteamericanas emplean diferentes técnicas para la observación de clases, siendo instrumento de análisis y reflexión de la práctica docente. Esta tarea, al igual que en los colegios de nuestro país, se transforma en un importante insumo para la toma de decisiones a nivel institucional. Allí se pudo observar que la Vice Principal (Vicedirectora), Dra. Heather Sondel, utiliza un método de observación de clases que, a simple vista, resulta ágil y dinámico a la hora de interpretar lo sucedido en el contexto áulico y en la interacción docente – alumno. Es una adaptación del conocido como Método Stallings, que lleva el nombre oficial de “Stanford Research Institute Classroom Observation System” y fue desarrollado por la profesora Jane Stallings con fines de estudio sobre la eficiencia y calidad de las docentes de educación básica en los Estados Unidos, durante los años setenta (Stallings, 1977; Stallings y Mohlman, 1988).  Dicho instrumento genera mediciones cuantitativas a nivel de clase, escuela y sistema escolar para cuatro variables principales que lo convierten en versátil y confiable en comparaciones entre grados, materias, idiomas y países; ya que, no intenta medir el contenido de lo que se está impartiendo, ni la profundidad ni sofisticación del contenido del currículo, ni el dominio que pueda (o no) tener el docente respecto al contenido en cuestión. Ellas son: -uso del tiempo de instrucción por parte de los docentes: -uso de materiales por parte de los docentes, incluyendo tecnologías de la información y comunicación (TIC); -prácticas pedagógicas principales; -capacidad de los docentes en mantener el interés de los estudiantes.

Teniendo en cuenta las entrevistas realizadas a Directivos de instituciones educativas en sus diferentes niveles se detectó el descontento existente con los sistemas empleados para la observación y evaluación de la tarea docente y su desempeño áulico. El valor agregado positivo se produce cuando el maestro y la escuela incorporan técnicas más actualizadas o nuevas tecnologías a sus prácticas áulicas. En definitiva, es lo que explica el interés por buscar mejores formatos de observación y/o medición de la tarea docente, especialmente con propósitos de evaluación sumativa y con posterior devolución por parte del observante. Por ello, el método Stallings permite obtener mediciones precisas de la variable de uso del tiempo, cuantificando el porcentaje que es dedicado a diferentes actividades por parte de los docentes y a la variada conformación de grupos de estudiantes, así como al uso de materiales, principalmente por parte de los docentes. Por consiguiente, para contar con evaluaciones sumativas válidas y confiables del desempeño de los docentes, o para tener óptimas evaluaciones formativas que permitan ayudarles a “mejorar”, imprescindiblemente se necesitan observaciones de buena calidad.

Concluyendo, podemos definir a la evaluación como un proceso que supone reunir información y construir un juicio de valor para tomar decisiones didácticas. En este punto y como educadores, resulta imprescindible recordar que el sistema educativo actual ofrece variadas oportunidades de reflexionar y ensayar valoraciones en relación con diferentes situaciones de aula que les posibiliten dimensionar la potencialidad del acto de evaluar para decidir la marcha de sus prácticas docentes. Esta amplia concepción supone la adopción de una postura más enriquecedora a la hora de pensar en prácticas escolares de evaluación.  

*(Prof. en Ciencias Económicas – Prof. de Computación – Post. en Aplicaciones Informáticas Post. en Cooperativismo y Mutualismo Escolar – Post. en Gestión Directiva – Licenciado en Gestión Educativa U.N.S.E. – Ex Becario Fundación FULLBRIGHT  y Fundación BUNGE & BORN)

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