Melina Furman: “Cuándo uno empieza a hacer y enseñar cosas distintas es un viaje de ida”

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Gaspar Kunis - Brando

Melina Furman es bióloga (UBA) y máster y doctora en Educación (Columbia University). Es investigadora del Conicet y profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés.

Investiga sobre cómo generar entornos que potencien el pensamiento curioso, crítico y creativo desde el jardín de infantes hasta la vida adulta. Para eso trabaja con programas de innovación en todo el país y en América Latina asesorando escuelas y en formación docente.

Editó tres libros “Guía para criar hijos curiosos”, “La ciencia en el aula” y “Enseñar distinto. Guía para innovar sin perderse en el camino”. Sobre este último libro habló con Villa María Educativa.

En el libro nos propones enseñar distinto y nos acercas el concepto de innovar en educación. Tras la pandemia, ¿Qué elementos podemos recuperar/sostener de esta etapa para alterar el orden escolar y promover el deseo de los alumnos? ¿Qué procesos nuevos que aplicamos en pandemia consideras que podemos usarlos para innovar en la enseñanza?

Creo que hay mucho por recuperar de la vuelta a la escuela y es algo que los docentes están viendo en esta vuelta a la presencialidad que es poder recuperar el ser estudiante, las rutinas, la posibilidad de ir a la escuela, encontrarse con otros. La posibilidad de volver a hacerse cargo del aprendizaje.

Pero también es pensando en que podemos hacer distinto y aquí creo que hay una enorme oportunidad en esta vuelta a la escuela, donde la posibilidad de darle sentido a los contenidos es más urgente que nunca, después de un año pasado muy difícil.

Volver a convocar a los estudiantes desde la motivación intrínseca, esa llamita, el deseo de aprender implica que podamos conectar lo que enseñamos con la vida real, poder transformar también las metodologías de enseñanza que usamos. Cuando hablo de transformar no hablo de reinventar la rueda sino de poner en juego un montón de cosas que se saben desde siempre pero que por ahí no están tan presentes en las aulas, especialmente a medida que los alumnos se van haciendo más grandes.

La gran búsqueda es que los chicos y las chicas no estén en un rol pasivo de consumidores de información, sino que haya actividades que los pongan en un rol protagónico, donde tengan que resolver problemas, donde tengan que crear cosas, donde tengan que demostrar lo aprendido de maneras diversas.

Mas allá de la prueba escrita tradicional, lo que no implica dejar de lado las clases expositivas, sino diversificar las estrategias de enseñanza para poder llegar a todos y que eso que sucede en el aula sea más interesante. Además, de hacer una búsqueda deliberada del contenido pensando cuáles son las grandes preguntas detrás de esos temas que enseñamos.

En pandemia aparecieron muchas maneras interesantes de darle vida a ese contenido y hacer las cosas distinto que creo que vale la pena recuperar y potenciar. Por ejemplo, una búsqueda de nuevas maneras de evaluar, más allá de la prueba tradicional de lápiz y papel.

Muchos docentes empezaron a proponer otras maneras de mostrar lo aprendido, desde chicos y chicas contando lo aprendido a través de un video, infografías o podcast, poder generar producciones más auténticas. Las tecnologías fueron grandes aliadas en ese sentido. Es importante que podamos capitalizar los nuevos lenguajes con los que nos estamos familiarizando. 

Otra de las cosas que apareció en pandemia en algunas escuelas es la posibilidad de articular con profesores de distintos espacios curriculares, distintas materias, donde un poco en la urgencia de que no alcanzaba el tiempo para todo en muchas escuelas empezaron a trabajar con otros profesores.

Empezaron a pasar cosas que antes no pasaban y en esta vuelta a la presencialidad es interesante pensar que generan las propuestas de formación integral en la motivación de los alumnos y lo que se es que funciona muy bien para que los chicos puedan sentirse convocados.

Muchos docentes que se vinculan con nuestro medio nos mencionan la falta de motivación de los y las estudiantes. ¿Cuáles son las propuestas que podemos encontrar en el libro para avanzar en pensar y revertir esta situación?

En el libro hay un montón de ideas para poner en práctica en las aulas con la idea de innovar desde donde uno está y desde lo que sabemos hacer. Hay un capitulo entero dedicado a pensar cómo trabajar, cómo transformar las preguntas que hacemos los docentes, tanto en lo oral como en el pizarrón, como en las evaluaciones.

Hay una propuesta de una especie de clínica de preguntas, un antes y un después. Hay ejemplos de preguntas antes descontextualizadas, de esas preguntas fácticas que se contestan medio de memoria, y como transformarlas en preguntas de la vida real, que proponen situaciones y dónde hay que tomar decisiones.

Por ejemplo, una pregunta fáctica, más escolar podría ser “¿qué características tiene el planeta marte y en que se diferencia y en que se parece al planeta Tierra?”. Esta no es una pregunta que esté mal, pero es bastante escolar y no genera demasiado entusiasmo. Una pregunta alternativa podría ser: “Imaginate que la NASA te encarga una misión para ir al planeta Marte y tenes que convencer a la audiencia que te financien esa misión como posible planeta para que la humanidad vaya a vivir, aprovechando todo lo que sabes. ¿Cómo los convencerías? ¿Qué les dirías? ¿Qué información usarías?”

En este antes y después, algo que es una pregunta que la contesto porque está ahí y que no me implica personalmente, la transformo en una pregunta para pensar donde yo, como estudiante soy protagonista y tengo que hacer algo para convencer a otro.

En el libro hablo mucho también de actividades de metacognición y de rutinas de pensamiento, que son actividades bien cortitas que tratan de generar instancias repetidas en el aula de reflexión sobre los aprendizajes, dónde los chicos se autoevalúan, dónde los chicos pueden pensar sobre que aprendieron y que les falta. Dónde pueden evaluar a sus pares y darse buena retroalimentación y buen feedback.

La idea del libro es que cada lector y lectora pueda tomar alguna de estas ideas y ver cuáles les dan ganas de probar primero. Mi experiencia es que cuándo uno empieza a recorrer ese camino de empezar a hacer las cosas distintas, de enseñar cosas distintas, es un viaje de ida.

En una de tus TEDx vos mencionas que los y las estudiantes también están modificando sus tiempos de estudio y que hay que dar espacio a esa autonomía. ¿Cómo describen estos estudiantes la escuela ideal? ¿Cómo podemos acompañarlos y cómo generar ese buen feedback del que hablas en el libro?

Creo que una deuda pendiente que tenemos en la escuela hoy es enseñarles a los alumnos a aprender, a desarrollar esa autonomía como estudiantes. Esa especie de superpoder que se van a llevar para el resto de sus vidas.

Implica poder organizarse, poder organizar sus tiempos, poder conectar lo que saben. Poder monitorear como van, que otras estrategias les vinieron bien en oportunidades anteriores, poder autoevaluarse. Todo lo que implica la posibilidad de trabajar con autonomía.

Algo que sabemos es que la autonomía no es algo que se trae de fábrica, sino que es algo que en algún momento de la vida se tiene que aprender y que nos lo tienen que enseñar. Por eso en el libro hablo mucho de como hacerlo en el aula y en todas las asignaturas. No sólo en el espacio que a veces se dedica a técnicas de estudio sino algo que atraviesa a todas las áreas de la escuela.

La autonomía es una de los grandes atributos de los buenos aprendices y esto es algo que les queremos dejar a los chicos para que cuándo salgan de la escuela puedan seguir aprendiendo siempre.

Cuando hicimos una actividad que se llamó “Desafío Joven” junto con dos colegas de la Universidad de San Andrés, fuimos a distintas escuelas secundarias y les preguntamos a los chicos como se imaginaban la escuela ideal. Había distintas respuestas, pero todos coincidían en algo: todos decían “en la escuela que queremos nos gustaría poder elegir algo, que estudiar, cómo, donde, con quien”. Y por supuesto que esto no es fácil, pero creo que una responsabilidad de la escuela es garantizar lo común y poder generar esa plataforma de despegue, pero también creo que hay que empezar a dar opciones para elegir desde temprano.

Por ejemplo, elegir formatos, libros de una lista o cómo le van a contar a sus compañeros de que se trata el libro, si van a hacer bibliotubers o van a hacer una reseña escrita. Hay algo de la posibilidad de ofrecerle opciones para elegir y que reflexionen porque eligieron tal opción y no otra, también ayuda a construir su autonomía. Los estudiantes toman un rol protagónico y las riendas de ese aprendizaje.

Y parte del acompañamiento implica darle buenas devoluciones a medida que van avanzando en sus aprendizajes. Hay un capitulo entero del libro que habla del secreto del buen feedback, que habla sobre retroalimentaciones formativas. Lo que traigo es todo lo que dice la investigación y hay mucha investigación sobre esto, sobre que feedback ayuda y cuál no tanto.

Una mala devolución puede hacer que los estudiantes bajen la cortina y abandonen. Nos pasa a nosotros como adultos también. Una buena devolución tiene que generar un buen ambiente de confianza afectivamente seguro, pero además tiene que ser muy precisa.

Valorar los logros, pero no al estilo “que lindo trabajo”, sino de manera muy específica, mostrándole al estudiante que hizo bien y por qué. Y después dar sugerencias de cuál es el próximo paso de manera muy precisa. No es hacer feedback sobre las cualidades de la persona, eso no le da herramientas, si sobre la obra o el resultado. En vez de decir “esto está incompleto” puede ser “fíjate acá seria importante que agregues tres ejemplos más de los autores que leíste”.

El buen feedback implica un acercamiento. Algo que pasó en la pandemia y que algunos docentes sostienen de la educación a distancia es poder dar devoluciones por audio, de manera de generar esa cercanía y empatía tan necesaria para que los alumnos sepan que estamos ahí para ayudarlos.

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