Escribe: Marcelo Montes (Dr. en Relaciones Internacionales -UNR-; Profesor de Relaciones Internacionales en UNVM, USAL y UCES y de Derecho en UAA).

La elección legislativa de medio término que culminó anoche en Estados Unidos, significó la campaña electoral más cara en la historia norteamericana y en ese aspecto, no fue novedad, dado que criptomonedas, lavado de dinero y tecnomagnates intervinieron para que así lo sea. Pero no por ello dejó de deparar sorpresas de cierta magnitud.
En primer lugar, tras una década en la que nos preguntamos si Trump era el comienzo disruptivo de una nueva era o el fin de la anterior, parece hoy estar más cerca de lo segundo. Porque de aquí en más, será un Presidente en retirada, ya sin posibilidades de reelección, es decir, un ¨lame duck¨, o sea, en la jerga norteamericana, un ¨pato rengo¨.
La derrota que sufrió fue una verdadera paliza, inesperada, por cierto, incluso para los propios demócratas que se impusieron en ambas Cámaras por más del 60 % de votos y en el 99 % de los condados y pequeños distritos del país. Tanto en Texas, el segundo mayor Estado, detrás de California, ganaron los demócratas que no lo hacían desde 1988 igual que en Kansas, donde no prevalecían desde 1932.
Segundo, llama la atención la variedad de los triunfadores y este fenómeno político también es un golpe significativo para la homogeneización blanca y supremacista del trumpismo. Un musulmán, una mujer indígena y un gay llegan por primera vez al Senado. Pero dos gobernadores negros, lo serán por primera vez en la historia de sus Estados. Son ellos, Byron Donalds, en Florida, el último bastión republicano que le queda al movimiento de Trump y Keisha Lacen Bottoms, quien ganó en Georgia. Tampoco la religión protestante es privativa del trumpismo. James Talarico ganó la senaduría de Texas, a pesar de los 200 millones de dólares de Elon Musk en contra suyo, siendo un exseminarista presbiteriano y predicando ¨la política del amor¨. Finalmente, la también demócrata Deb Haland se convirtió en la primera gobernadora indígena de Nuevo México.
¿Ahora bien, todo ello preanuncia un gran cambio político en el ¨gran país del Norte¨? Resulta claro que los productores agropecuarios del Medio Oeste, votaron quejosos por el aumento del gasoil, uno de los efectos indeseados de las guerras de Ucrania e Irán, el incumplimiento de las promesas presidenciales, los recortes al gasto social, los abusos de la policía antiinmigratoria -la tristemente célebre “ICE”-, la desorganización e improvisación del gabinete y su evasión del Congreso. Por lo pronto, puede haber un alivio para la gran minoría latina, que podrá volver a escuelas y Universidades, donde sufriera el acoso de las autoridades y aliados racistas.
¿Pero alcanza este voto-castigo para esperar una transformación institucional nunca vista? Habrá que esperar, antes que nada, la reacción del propio Trump. Si incurre en un negacionismo y no cambia su estilo prepotente, incluso endureciendo su accionar, se expondrá a un juicio político inédito. Si intenta un autogolpe, es inimaginable la reacción social. Tal vez sea hora de que el peso de una República caiga sobre la cabeza de alguien que sólo se percibe como un monarca.

