“Onelio fue uno de los mejores docentes que vi en mi vida”

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Escribe: Marcelo Oscar Panero (Doctor en Ciencia Política; Magíster en Ciencias Sociales y Profesor en Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales. Actualmente, docente e investigador, regular, de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Ha sido docente, de grado y posgrado, en la UNSAM, UNVM y UNSL).

No hubiera querido escribir estas palabras. Ellas solo cobran vida porque se murió un querido amigo, Onelio Trucco. Tampoco sé bien a quien van dirigidas. Confieso que lo hago como pensando que la persona sobre quien digo estas palabras me va a escuchar o leer. Ilusión imposible.

Conocí al Onelio siglo XXI, recién incorporados ambos a la naciente UNVM. Venía con fama del tipo que todos dicen: “ese sabe mucho”. Pero también de tipo hosco, de pocas palabras. Creo que la primera vez que hablé con él fue un día donde lo consulté por un autor alemán, sobre que el yo tenía alguna duda. Me empezó a citar párrafos y a señalar en que página o cita al pie, de que libro, con su respectiva edición, año y editorial, estaba cada una. Obviamente le agradecí y me fui sin recordar ninguna. Salvo quedar sorprendido por su memoria.

No me hice amigo en ese momento, sino en una comilona posterior, en mi casa, con varios de los docentes nuevos de UNVM. Desde las 12 de la noche comenzó a decir “me voy a dormir, tengo lectura atrasada”, cada vez que le tocaba jugar un nuevo partido de truco. A las 4 o 5 de la mañana, luego de haberlo dicho muchas veces y no irse, dije: “este también es humano”. Y ya me cayó bien.

Creo que fui su amigo, un poco por admirar algunas cosas suyas y otro poco por aprender a quererlo por otras. Generalmente, ambas cosas suelen ir de la mano. No se quiere a alguien sin admirarlo, al menos un poco.

Onelio fue uno de los mejores docentes que vi en mi vida. En mis estudios de posgrado tuve la fortuna de cursar con algunos/as de los/as mejores del país. Onelio estaba a esa altura. Ello no era solo producto de una buena forma de dar clases, sino, sobre todo de su gran formación académica. Admiré eso.

Tenía la capacidad de conocer sobre muchos temas, desde el modelo y precios de autos, hasta perfumes o marca de ropa, sobre lugares, culturas, comidas, etc. Como soy incapaz de acordarme de ello, también me causaba cierta admiración.  Eso sí, no tenía la menor idea sobre futbol. “¿Quién es el Kun?”, preguntó en medio de un asado, causando la sorpresa y risotada de la concurrencia. No le preocupaba mucho.

Lo quise por las innumerables charlas compartidas, sobre política principalmente. Pero, también, porque era capaz de escucharte si tenías un problema personal o un asunto de amores. No se enredaba mucho con respuestas. Con una risa, un gesto o una palabra, se acababa el tema y a seguir la vida. También, porque aprendí a disfrutar su particular humor detrás de la aparente hosquedad.  

No hubiera querido escribir estas palabras. Hubiera preferido que tocara el timbre de mi casa y al abrir la puerta me dijera, con esa voz aguardentosa: “vamos a ingerir nuestra dosis semanal de triglicéridos” y allá fuéramos a alguna parrilla, hasta que le agarrara sueño y cerrara la velada diciendo: “bueno, las visitas tienen sueño”.

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