La suerte de ser joven

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Escribe: Lucas Accastello (Lic. en Ciencia Política -UNVM-. Director de Juventudes Municipalidad de Villa María).

Un informe de la UCA muestra que estudiar, trabajar y proyectar una vida adulta depende todavía demasiado del hogar en el que se nace.

¿Somos el resultado de las vidas que no elegimos? Probablemente no del todo. Pero el lugar en el que nacemos determina buena parte de las oportunidades con las que empezamos. No significa que alguien no pueda construirse las propias. Significa algo quizás más incómodo: que algunos tienen que correr mucho más que otros para llegar al mismo lugar.

Eso es, en parte, lo que expresa la nota de divulgación recientemente publicada por la UCA, en la que Agustín Salvia, Eduardo Donza y Miranda Correa analizan las condiciones de vida de jóvenes de entre 18 y 25 años según la posición socioeconómica de sus hogares. Los datos surgen de la Encuesta de la Deuda Social Argentina realizada entre 2021 y 2025 y muestran cómo las desigualdades se acumulan hasta producir experiencias de juventud radicalmente diferentes según el hogar de origen. Son datos que no deberían significarnos solamente preocupación, sino ocupación.

Cuatro de cada diez jóvenes de entre 18 y 25 años no terminaron el secundario. El dato ya es alarmante, pero el promedio esconde una desigualdad todavía más profunda: mientras el 69% de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, el 64,7% de los jóvenes del estrato muy bajo ni siquiera terminó la escolaridad obligatoria. Dos jóvenes pueden tener la misma edad y vivir, sin embargo, posibilidades de futuro completamente distintas.

En muchos hogares vulnerables, trabajar tempranamente no responde necesariamente a una falta de valoración de la educación. Muchas veces responde a algo mucho más elemental: la subsistencia. Cuando vivir se resuelve día a día, imaginar cinco años de estudios superiores puede parecer una posibilidad demasiado lejana frente a la necesidad inmediata de “llevar un mango más” a la casa. Incluso, en zonas rurales es común ver que desde niños (6, 7 años) se les comience a inculcar el valor del trabajo.

“La universidad no va a poner un plato de comida sobre la mesa”. Seguramente sea una expresión equivocada, pero ayuda a comprender una realidad que atraviesa a muchas familias. Porque al pobre no le falta solamente plata. Le falta tiempo. Tiempo para estudiar sin trabajar. Tiempo para equivocarse de carrera. Tiempo para hacer una práctica o una pasantía. Tiempo para aprender un idioma. Tiempo para probar, abandonar y volver a empezar.

Y cuando hablamos de inserción laboral, también hablamos de dos mundos distintos. No es lo mismo para el pibe que puede dedicarse de lleno a la facultad, pensar su futuro y elegir dónde quiere insertarse laboralmente porque en su casa pueden bancarlo, que para aquel que intenta hacer lo mismo mientras sostiene uno o dos laburos porque en casa hace falta el mango.

Nos gusta convertir esas historias en ejemplos de superación. Pero debemos dejar de romantizarlas. Que un joven tenga que sostener uno o dos trabajos mientras cursa una carrera no demuestra que el sistema funciona porque finalmente logró recibirse. Demuestra cuánto tuvo que superar para conseguir algo que para otro joven formaba parte natural de su recorrido.

En el territorio, en las escuelas y en los espacios donde uno habita es habitual encontrar dificultades en las juventudes para visualizar un norte, un propósito o un proyecto de vida. Pero incluso la posibilidad de imaginar ese norte está atravesada por las condiciones materiales. Es difícil proyectar una carrera a largos años cuando las urgencias se resuelven semana a semana. Muchos de los jóvenes que hoy no llegan a la universidad, o que no finalizaron sus estudios, probablemente mucho antes ya habían aprendido a reconocer los lugares a los que les resultaría difícil llegar. 

La masificación de las redes sociales, la hiperconexión virtual y la desconexión social, empuja a las actuales generaciones a no saber para donde ir, a ver más oferta de la que su concepción de la vida les permite procesar, y eso, lleva a que tener como objetivo “ir a la facultad” o “tener un buen trabajo” sean casi invisibles a su edad.

El trabajo tampoco garantiza por sí solo esa posibilidad de construir futuro. Apenas el 14,2% de los jóvenes accede a un empleo pleno de derechos. El problema, entonces, no termina cuando un joven consigue trabajo: también importa qué trabajo consigue. Ingresar a la vida adulta desde la informalidad, la inestabilidad o el desempleo prolongado condiciona todo lo que viene después.

En ese escenario, discutir el rol del Estado deja de ser una cuestión abstracta. Cuando hablamos de educación y de oportunidades, su intervención resulta fundamental para achicar la distancia entre los futuros posibles y aquellos que parecen venir obligados por nacimiento. No podemos dejar librado al azar cuántos niños aprenden a leer a término, cuántos jóvenes terminan el secundario o cuántos tienen la posibilidad real de pausar la necesidad de un “mango extra” en la casa para dedicarle el tiempo necesario a una carrera terciaria o universitaria.

La educación pública y gratuita constituye una herramienta extraordinaria de igualdad, pero la gratuidad formal no garantiza por sí sola igualdad real de acceso. Una universidad nacional puede no cobrar arancel y, aun así, resultar inaccesible para quien necesita trabajar durante toda la jornada, pagar transporte, materiales o sostener económicamente a su familia. El desafío no es solamente que exista una vacante: es que un joven pueda disponer de las condiciones necesarias para ocuparla y sostenerla.

Las becas Progresar o Manuel Belgrano a nivel nacional, las Becas AURA en Villa María o el Boleto Educativo Cordobés son ejemplos de políticas públicas que buscan compensar parte de esas desigualdades de origen. Son herramientas valiosas, pero el desafío es mucho mayor: lograr que estudiar, formarse y proyectar una vida no dependa de cuánto puede sostener económicamente una familia.

Sin una decisión sostenida de invertir (o gastar, según quién lo diga) en educación y construir políticas que acompañen las trayectorias, resulta difícil hablar seriamente de igualdad de oportunidades. La meritocracia solo puede ser una aspiración justa si la carrera no comienza con algunos varios metros por delante y otros cargando sobre sus espaldas las urgencias de la subsistencia.

Claro que un pibe puede tener ganas de salir adelante. Claro que puede esforzarse, estudiar, trabajar y construir oportunidades. Miles lo hacen todos los días. Lo que no podemos seguir diciendo es que todos parten del mismo lugar y que si no lo logran, es porque no quisieron hacerlo. 

Mientras algunos jóvenes reciben oportunidades, otros tienen que salir a buscarlas. Mientras algunos pueden equivocarse, otros no tienen margen para hacerlo. Mientras algunos pueden dedicar años a construir su futuro, otros tienen que resolver primero cómo llegar a fin de mes. Y no es culpa de los primeros lo que les pasa a los segundos, pero si es fundamental que sean conscientes de que es así. 

El mérito importa. El esfuerzo importa. Pero una sociedad verdaderamente meritocrática no es aquella que simplemente les exige a todos correr: es esa que procura que todos larguen, al menos, desde una distancia parecida.

El lugar donde nacemos siempre será parte de nuestra historia y el punto de inicio. La tarea de la política educacional, social y económica es evitar que se convierta también en el destino obligado.

Fuente de los datos: Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), “Juventudes desiguales: entre la promesa y la exclusión”, julio de 2026. EDSA-UCA 2021-2025.

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