Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible — Santiago de Chile (CEPAL), 13–16 de abril de 2026

Escribe: Gabriel Suárez Fossaceca (Decano IAP de Ciencias Sociales- UNVM-)
Invitado a participar en instancias de intercambio y diálogo regional, estuve presente en la Novena Reunión del Foro de los Países de América Latina y el Caribe sobre el Desarrollo Sostenible, realizada del lunes 13 al jueves 16 de abril de 2026 en la sede de la CEPAL, en Santiago de Chile. El Foro —abierto a los países de la región— vuelve a recordarnos algo que, aunque parezca obvio, se olvida con facilidad: no alcanza con compartir diagnósticos, hay que construir condiciones para la acción colectiva, sostener instituciones y generar capacidades para implementar transformaciones en contextos cada vez más inciertos y fragmentados.
Desde hace años sostengo una convicción que en estos espacios se vuelve aún más evidente: las agendas globales no se realizan en abstracto. Se realizan —o fracasan— en los territorios. En los municipios, en los sistemas educativos concretos, en las organizaciones sociales, en los entramados productivos regionales. Y es allí donde la universidad pública puede y debe aportar algo específico: método, evidencia, formación de capacidades, articulación y presencia. No para sustituir a los actores políticos y sociales, sino para fortalecerlos.
De los múltiples debates y sesiones que atravesaron estos días, me gustaría destacar tres aspectos que considero centrales.
1) El valor de una agenda regional en tiempos de dispersión
El Foro existe, precisamente, para el seguimiento y examen de la Agenda 2030 en América Latina y el Caribe, y su razón de ser cobra especial importancia cuando las urgencias tienden a encerrarnos en lo inmediato. La región llega a 2026 con brechas persistentes y con la necesidad de “acelerar el paso” para cumplir compromisos asumidos. Ahora bien: el problema no es la enunciación de objetivos; eso suele generar consenso. El desafío verdadero es cómo producir hechos posibilitadores: financiación, coordinación multinivel, continuidad de políticas, sistemas de información, evaluación, y —sobre todo— acuerdos sociales mínimos para sostener procesos más allá de los calendarios electorales.
En esa clave, el Foro funciona como un recordatorio incómodo pero necesario: cuando la región no coordina, otros deciden por nosotros; cuando no construimos capacidades públicas, la desigualdad se administra; cuando no institucionalizamos aprendizajes, cada gestión vuelve a empezar de cero.
2) Universidades, cooperación y capacidades instaladas
Un segundo aspecto, transversal a muchas conversaciones, fue el lugar de los actores que pueden “bajar a tierra” las agendas: gobiernos locales, organizaciones y universidades. La CEPAL creó este Foro como un mecanismo regional para el seguimiento de la Agenda 2030, pero lo que vuelve eficaz esa arquitectura no es el organigrama: es la capacidad real de construir redes de cooperación y trabajo sostenido.
Aquí aparece una pregunta que me parece decisiva: ¿qué rol ocupan las universidades públicas regionales? Si nos limitamos a producir diagnósticos sin incidencia, somos parte del problema. Si, en cambio, contribuimos a formar cuadros, diseñar instrumentos, sistematizar experiencias y acompañar procesos territoriales, nos convertimos en capacidad instalada para el desarrollo. Esa es, al menos, la apuesta que impulso desde la gestión universitaria: una universidad con presencia, que articule con el Estado y la comunidad, y que transforme conocimiento en herramientas concretas.
3) El lanzamiento del Observatorio de IA en Educación: un hito estratégico
El tercer aspecto fue, para mí, uno de los momentos más significativos: el lanzamiento del “Observatorio de Inteligencia Artificial en Educación para América Latina y el Caribe: Conectando Educación, Innovación y Cooperación”, realizado como evento paralelo en el marco del Foro, el martes 14 de abril de 2026.
Considero que este lanzamiento es un puntapié inicial de enorme importancia por una razón simple: hoy, la inteligencia artificial está dominada por empresas con base en otras geografías, con recursos, infraestructuras, intereses y agendas que no necesariamente dialogan con nuestras prioridades educativas y sociales. Frente a ese escenario, una iniciativa regional impulsada por UNESCO y socios, orientada a cooperación, evidencia y fortalecimiento institucional, es una señal clara de que la región busca gobernar su transformación digital, y no apenas consumirla.
En la sesión se reflexionó sobre las posibilidades que abre la IA en educación. Entre ellas, la chance de pensar aprendizajes más individualizados, con mayor flexibilidad para ofrecer propuestas diversas según necesidades y trayectorias de cada estudiante. La promesa, bien entendida, es potente: ampliar apoyos, diversificar estrategias y mejorar la capacidad de acompañamiento. Pero también se puso sobre la mesa lo que no puede descuidarse.
Primero, el riesgo de la sustitución del pensamiento: si la tecnología responde por nosotros, la educación puede perder su centro, que es formar comprensión, criterio y juicio. Segundo, el impacto diferencial: estudiantes con bases sólidas pueden usar la IA como herramienta de potenciación; estudiantes con bases frágiles pueden quedar atrapados en respuestas automáticas, sin construir aprendizajes profundos. Tercero, la llamada “pereza cognitiva”: el atajo permanente puede erosionar el esfuerzo intelectual que hace posible aprender.
Estas tensiones, lejos de negar la innovación, obligan a una conclusión: no se trata de “usar IA”, se trata de construir gobernanza. Y ahí el Observatorio se vuelve clave: una plataforma regional para articular evidencia, cooperación, formación y criterios de política pública, de modo que la IA esté al servicio del derecho a la educación y no profundice desigualdades existentes.
En una de las últimas sesiones apareció una advertencia que no puede pasar inadvertida. Ester Kuisch Laroche, representante de UNESCO, señaló que una proporción muy alta de estudiantes de la región no alcanza niveles mínimos de desempeño en comprensión lectora y matemáticas, lo que revela déficits profundos en aprendizajes básicos. Frente a ese panorama, la pregunta por la inteligencia artificial deja de ser meramente tecnológica para volverse pedagógica y política: ¿cómo va a impactar la IA sobre este universo de estudiantes que ya parte de trayectorias frágiles? ¿Va a habilitar nuevas oportunidades de aprendizaje o va a disminuir la capacidad de aprender por cuenta propia? ¿Va a contribuir a personalizar la enseñanza y acompañar mejor las dificultades, o va a ampliar las brechas entre quienes tienen bases más sólidas y quienes cargan mayores rezagos? Dejar abiertos estos interrogantes no implica rechazar la innovación, sino asumir que su incorporación exige responsabilidad pública, pensamiento crítico y una mirada atenta sobre sus efectos reales.
Me vuelvo del Foro con una idea dándome vuelta en la cabeza: América Latina y el Caribe necesitan combinar inteligencia técnica, política y territorial. Técnica, para medir y decidir con evidencia. Política, para definir sentidos y sostener acuerdos y continuidades. Territorial, para que cada innovación sea pertinente y situada. Si la región aspira a un desarrollo sostenible real, no hay atajos individuales: se requiere trabajo colectivo, instituciones fuertes y cooperación con sentido público. Y en ese camino, la universidad pública —cuando se compromete con el territorio— no es un comentarista del proceso: puede ser una de sus condiciones de posibilidad.

