El lugar huele a madera fresca. En la esquina entre Buenos Aires y Yapeyú, Fiorella Marino, de apenas 24 años, abrió su primera librería. En el centro de la habitación, una mesa reúne una abundante colección de usados a mil pesos: Cortázar dialoga con Gaturro, Ana María Shua con la colección Billiken y Pablo Bernasconi con Oliverio Girondo.
De esta mesa, un chico recoge y apila libros en sus brazos mientras Fiorella habla de la saga Alas de Sangre con otras chicas. Alguien más se detiene en los ejemplares que están cubiertos con un mensaje que dice “Citas a ciegas con un libro”, otra propuesta de lectura a precio popular.
Esto es Libros Villa María y antes de tener un espacio físico existía sólo en Instagram. Fiorella empezó vendiendo algunos de sus propios ejemplares cuando cerró el quiosco donde trabajaba. De eso ya pasaron tres años. Hoy, dice, abrir su propio local es una excusa para leer más y compartir ese entusiasmo con otros. Una “guarida” al alcance de todos.
Las segundas oportunidades
Antes de la librería, Fiorella dice que trabajó en muchos lados, casi siempre vendiendo algo u ofreciendo algún servicio, como el de la cadetería de bebidas que sostuvo por un tiempo hasta que decidió enfocarse de lleno en los libros.
“Esto de vender lo aprendí de mi mamá, ella siempre fue una persona muy emprendedora, muy en contacto con la gente”, cuenta. El gusto por la lectura, en cambio, dice que vino por el lado de su padre, que -aunque “no leía tanto”- acostumbraba a llevarla a una librería todos los meses para que leyera desde chica.

Sobre su mamá, dice también: “Siempre le gustó restaurar muebles y encontrar en cada objeto de la calle una segunda oportunidad”. El estilo amaderado y “vintage” de la librería de Fiorella es un modo de sentir cerca a su madre, que hoy atraviesa una compleja enfermedad. Eso comparte, como quien piensa en voz alta.
Caminos por elegir
Fiorella es oriunda de La Carlota pero su familia se mudó a Villa María cuando ella tenía 13 años. Sobre sus estudios secundarios cuenta que primero cursó en el “Colegio Trinitarios” y luego en el “Colegio Nacional”, del cual egresó.
“La verdad es que a mí me encantó el Nacional. Es un colegio que da muchas oportunidades, a mí me las dio, ¡fui hasta presidenta del Centro de Estudiantes! Eso me ayudó bastante. Fue una experiencia hermosa la que viví en ese colegio”, dice.
Más tarde intentó estudiar Sociología en la UNVM; realizó un curso de Gestoría de Automotor y, en su experiencia más reciente, estudió la carrera de Administración de Empresas en el ahora IESCER. “Ya me faltaba un año para recibirme pero me frenaron unas materias cuando cambió el plan de estudios”, señala.
Por ese entonces Fiorella también se convertía en madre de Enzo que hoy tiene un año y medio. Dice que no descarta volver a estudiar sólo que ahora prioriza su maternidad y la librería y el tiempo a solas conquistado allí para seguir leyendo con nuevos ojos: los de una librera.
Leer por leer nomás
Los usados en Libros Villa María son de lo más buscado. “A fin de mes no sabés lo bien que me hace esto”, le dice una chica a Fiorella después de llevarse un par de ejemplares de la mesa de libros a mil pesos. La tarde ya casi se termina.
Cuando habla de la lectura, Fiorella insiste en esta idea: la literatura como salvavidas, como pañuelo, como refugio. Dice: “La lectura me salvó de muchas cosas, de las maquinaciones, de los problemas alrededor. Cuando te sentís muy angustiada y te sentás a leer, tu realidad cambia… ¡hasta se te secan las lágrimas!”.


Reconoce que, a veces, es un “desafío” habituarse a la lectura, por eso recomienda: “Si estás empezando a leer algo y el libro no te atrapa en los primeros capítulos, dejalo y seguí con otro, hasta que encuentres el tuyo. Yo siempre digo que los libros tienen su momento. Si no es ahora, a lo mejor después te va a gustar”.
También adelanta algunas ideas de lo que se viene en la librería. El club de lecturas, por ejemplo. “Yo creo que la conversación sobre libros es hermosa. Me gustaría que más personas encuentren algo que las atrape y que la librería no sólo sea un lugar para venir a buscar un libro y llevárselo, sino un lugar que invite a quedarse y conversar”, agrega.

